miércoles 5 de marzo de 2008

Nace Torre del Mar TV (TDMtv)

Nace un nuevo proyecto torreño http://torredelmartv.blogspot.com/

martes 19 de febrero de 2008

Contra la SGAE

[Correo en cadena recibido el 19 de febrero de 2008, el cual creo que resume un sentir general en contra de un colectivo que se quiere hacer con el monopolio de todos aquellos que hacen arte]

Contra SGAE

Esto lo escribió un currante indignado... con razones:

Dada la mierda que nos escupe diariamente la tele, radio, prensa y demás medios de comunicación, un grupo de disidentes hemos elaborado este manifiesto a favor (sí, A FAVOR) de la piratería.Si te mola, pásalo.

Si prefieres creerte las mentiras de la industria, haz con él lo que te salga del arco del triunfo.

De: El currante medio, aplastado por la hipoteca, la precariedad laboral, los horarios DE MIERDA y otros abusos sociales, como la caña de cerveza a 2 putos Euros.

A: Ese músico mediático que se duele detrás de unas gafas de sol en la Moncloa , forrado de pasta hasta los pendientes. Tiene cojones ir de rebelde por la vida y terminar en las escaleras del centro del Estado (por si no captáis las sutilezas, el ejemplo se refiere a Alejandro Sanz , aunque es extensible a todos los membrillos/impresentables que le acompañaban).

Mira, chavalote, en la gira que te vas a marcar este verano vas a ganar más pasta -haciendo algo que te gusta y que en teoría te llena- de lo que ganaré yo en toda mi puta vida de currito, cargando, además, con una actividad que no me aporta nada personalmente y con la que, si no fuera por el sueldo adicional de mi pareja, ni siquiera me daría para pagar el piso donde vivo. 'La música está muy mal' -gimes. Tú, chavalote, no sabes lo que es estar mal. ¿Qué sabes tú de hipotecas, de rebotar de un contrato a otro, de currar a turnos o de 7 a 7? ¿Qué sabes tú de llegar a fin de mes, o de lo que me cuesta a mí plantearme tener hijos con lo que piden en una guardería? Porque te recuerdo que aquí, en el mundo real, curramos dos para pagarnos 70 metros cuadrados .

'La gente que compra en el top manta no ama la música' -escupe otro. ¿Con qué validez moral exigís vosotros, que vivís a todo trapo de camino entre Madrid y Miami, sin saber ni el dinero que tenéis, al currante que os pague los vicios y haga multimillonaria a la multinacional de turno ¿Cómo se puede tener la cara de plantarse en plan víctima sobre una vida de lujo?

La industria ha abusado -y abusa con los precios y las calidades.

Sólo ahora que se ve con el rabo en el culo ofrece lo que no pueden dar los piratas: DVD's con vídeos, extras y demás. Todo, curiosamente, al mismo precio que antes. ¿No llorabais que no se podían bajar los precios? Cómo vale ahora un álbum que lleva 12 canciones en el CD y 16 en un DVD (verídico) lo mismo que antes el mismo álbum con el CD a pelo? ¿Cómo puede valer un mismo álbum en España 18 euros y en Alemania 20 (contrastado) cuando los alemanes ganan más del doble que un español?

Ahora que las mafias e Internet os revientan, ahora, que ya no tenéis la sartén por el mango, pasáis de la posición dominante y abusiva a la apelación más rastrera de sentimientos. Pues yo, y muchos como yo respondemos: AHORA, QUE OS DEN POR CULO.

NADIE puede pedirme que le pague la colección de coches de lujo, el yate y las cuatro casonas en Miami, la Sierra o Marbella.

NADIE puede pedir moral desde la inmoralidad.

Ejemplo: Bustamante se acaba de comprar una casa de 500 kilos de las antiguas pesetas en solo CUATRO AÑOS DE CARRERA MUSICAL, claro ejemplo de lo mal que está el panorama musical.

Firma: Cualquier anónimo hasta los güevos de sandeces.

PD: Cópialo, pégalo y pásalo. Si haces Reenvio se llena de molestos

PD 2: Si alguien sabe el correo de Ramoncín que haga el favor de decirle que se vaya a la mierda.

lunes 18 de febrero de 2008

¿Un círculo incompleto?

El llanto encendido por aquella magistral palmada, fruto de la experiencia del que acaricia los primeros segundos de una vida fuera del dulce y acuoso refugio uterino. Aquellos iniciales compases de viento, bocanadas de vida que absorben microorganismos fatales y vitales, como la lucha de la voluntad de ser. Existir sin tomar conciencia es una forma más de autoafirmarse como candidato a este infierno, tal vez paraíso. Luces y mal sabor de boca que nos hacen llorar.

Objetos y más objetos, prohibiciones crueles que asumimos con un sentido reprimido. Primeras aproximaciones, suave contacto del continente para no despreciar aquel contenido, magma blanquecino que ennoblece los sentidos de tus nuevas y atractivas acciones instintivas. Y entre succión y succión encontramos tu sonrisa, satisfecha tu ansiedad no podrás ser consciente de tu mueca, ausente de corrupción y de cinismo moderno.

Y en esa espiral renuncias a tu desidia e imaginas nuevas experiencias, inquietudes supremas que mezclan tus pulsiones con tus obligaciones. De hecho, el mundo nunca renuncia a tu rol, por lo tanto, tu egocentrismo obtiene una justificación en los rostros que se aproximan y se alejan. La distorsión cromática sólo es una secuela del intenso mareo y posterior vómito, pero esta vez no son los ansiolíticos la causa. Más tarde, las consecuencias pueden ser aún peores.

No sigas tu camino marcado por otros, porque el qué dirán es una vaga excusa que detiene tus ansias. La fuerza de la juventud no debe ser nunca despreciada, así que no malgastes en vano los puntos que te unen al edén de los sueños, porque la inocencia es inestable y podría convertirse en pesadilla. Aunque todavía no sepas lo que son las endorfinas, tu sed adolescente luchará por cada una de aquellas traviesas hormonas que juegan con los placeres. Pero aún es demasiado pronto para luchar contra una identidad y tu quimera está convertida en pacífico descanso.

Y sentirás su abrazo en sueños. Si existe algún miedo, grita. Si tienes hambre, toma su corazón. Si necesitas calor, protégete en su cuerpo.

Los monstruos intentarán acechar tu habitación, pero no te detengas, sigue corriendo hacia un futuro mejor, lejos de alienados propósitos de amargadas voluntades y catedrales de odio parcialmente equilibradas por la balanza de la razón. Tu temblor será calmado por sonrisas y rostros llenos de armonía, todo un mundo bajo la luz de un sol que ilumina tu figura recortándola de aquel fondo gris.

Adelante, arrójate al gran verde, transparente alfombra hidratada que empapa tu origen de fascinación y algún que otro síntoma de ahogo. Arcadas superadas por sonoras carcajadas, tan melodiosas y bellas como las nanas que protegen tu descanso. Con las pupilas dilatadas, volarás sobre aquellas montañas manchadas de blancas inquietudes, alejadas de prejuicios vacíos y por encima de culturas, ideas que proceden de esa ambición común llamada libertad.

Reunidas pues tus virtudes, tu sombra nunca será esquiva. A cada paso, una reacción química que activa tus miembros, moviendo tus intereses de un lado a otro del inmenso espectro de colores. Y entre flor y flor el rocío acaricia tu piel. Y entre juego y juego algún que otro coscorrón, nada malo quizás, amortiguados por aquella elasticidad casi inhumana que envuelve tu rosado cuerpo.

Cada amanecer una nueva perspectiva, una nueva representación de aquel teatro de los sueños que ese demiurgo desconocido quiso diseñar. Tu papel siempre es protagonista, así que no dejes que otros representen tu historia. La imaginación es tu único apuntador y como guión la libertad por encima del destino.

Cada anochecer observa las estrellas y dibuja en el firmamento tus deseos. Asiente y sonríe ante la luz de aquel plateado satélite que aparece y desaparece en continuo movimiento por alcanzar tu ritmo. Tu cansancio derrota al sentido en una lucha a favor de los sueños, KO sumido a tu subconciencia repleta de nuevos propósitos oníricos y mezcla de sentimientos.

Desde mi butaca de espectador me reconcilio con la realidad y, en catarsis permanente, aplaudo.

domingo 27 de enero de 2008

Las montañas blancas oprimen el horizonte

El conjuro salió bien. Sus manos tornaron a ser suaves, frágiles a la par que hábiles, sencillas y armoniosas, perfectas. Su pelo sedoso, azafranado y con olor a fresas, olimpo perdido coronado de estrellas. Su cara ya nunca volvió a ser hostil, suavizándose los rasgos angulosos, aquellos que por fríos eran desechados. Su todo un perfil soñado, sombra de una inconsciencia freudiana bajo un techo de naipes franceses que anuncian la república. ¡La guillotina al poder! Adiós, alteza, su reina de corazones.

En cambio, aquel brebaje desechó la efervescencia de las ideas para tornar en práctico hecho lo inventado, sumiendo lo uno a lo otro y lo otro a lo uno.

Como resultado una explosión polidimensional de extensiones astronómicas, pero que, sin embargo, pude introducir en una cajita y, no sin esfuerzo, depositarla en el bolsillo de mi camisa. Allí descansó ajena hasta que, desbordada, detonó llevándose consigo mi alma y dejando como único rastro un ligero dolor de cabeza.

Desangrado y con jaqueca vagué varios siglos por el desierto disimulando, buscando un horizonte que pudiese atrapar con mis manos.

Una noche me tumbé boca arriba en la arena buscando mis recuerdos en la luz de las estrellas, pero tan sólo divisé la contaminación lumínica provocada por los reflejos de sus rasgos en el espejo. Tenía que romperlo, así que corrí a buscar algo con lo que hacer frente a tal empresa, pero caí en un agujero blanco, luminoso, cegador.

En el fondo de aquel lugar extraño adiviné los perfiles acústicos de mis pensamientos e intenté retenerlos, probar todos mis sentidos y escuchar el eco de la abstracción cuneiforme para desbaratar las largas noches en vela. En un suspiro, la luz se retorció a mi alrededor en un plástico compás expresionista, alterando la sustancia de las cosas y absorbiendo su esencia. De un salto volví a la pócima.

Agriado por la pandemia, aquella bebida transformó los perfiles en redondeadas formas sin punta. Emulando aquellas lecturas de la infancia, vagué por las calles de esquinas pulidas y terminaciones sin ángulos, reflejo de una ignorancia latente involucionada. Quizás no quisiera empezar otro período, sino, más bien, destapar otra vez aquel recipiente que contenía la fuerza de la existencia, degustando, como la primera vez, los alientos de oxígeno, mieles avinagradas y las fuerzas del vigor. Olvidar la coherencia y la aquiescencia del mundo. Hipocresía en caótica subversión ¿o tal vez imposición?, no importaba.

Entonces, por un momento, mis manos amasaron la pasta con la que se hizo la vida, aplacando cualquier estímulo artificial en torreones de información inconexa. Reconocí aquellos millares de ojos que brillaron al tiempo que se conocía la condena, esparcidos por el aire en lucha perpetua contra la gravedad, guiñaron y se deshicieron en volutas brillantes de éter. Mientras mis manos formaban a todos los personajes, algo en mi interior me dijo que éstos iban a tomar vida propia, así que me dejé llevar mecido por el ritmo cadencioso de las olas del mar, mi mar.

Allí estaban ellos, desnudos, sudorosos y obsesionados. Despojados de los hilos neuronales, a la primera oportunidad se revolucionaron contra su creador. Claudiqué en seguida porque quería verlos realmente libres, apreciando a cada paso sus movimientos autónomos, deslumbrado por la catarsis del creador.

Sin embargo, acabaron rodando por una ladera y formaron de nuevo su figura. Mi libertad estaba cuestionada y yo seguía obsesionado por aquellas preciosas montañas blancas que oprimían, ¡sin querer!, el horizonte.

Mi alma volvió para desertar.

domingo 13 de enero de 2008

Los dos

-Tenemos que tener los dos -dijo ella con la mirada cargada de una ternura amenazante y la voz teñida de un autoritarismo castrense, exigiendo obediencia y, a la vez, manteniendo un vínculo con sus instintos maternales. Los ojos claros y los labios carnosos sólo eran una excusa, una máscara de carnaval que esconde tras ella el rostro de lo ansiado, de lo obsesivo.

La afirmación era más que una sugerencia, era una voz del subconsciente que rayaba las expectativas más íntimas. Pronto la respuesta de él hacia este comentario se transmutará en choque de expresos de medianoche con efectos nucleares, dejando así a su paso el rastro radioactivo en las conciencias de pareja.

Pero ella fue más hábil y sacó el tema de conversación en una cena entre viejos e íntimos amigos, por lo que él, con los modales y el saber estar, estaba atrapado en el fuego cruzado, entre esta afirmación tan rotunda y temida, y el qué dirán. No era su propósito airear los trapos sucios en público, tenía que ser lo más cauteloso posible, dar un giro a la situación para evitar que la tormenta arrasase sus razones. El primer punto lo había conseguido ella, la partida no podía terminar en tablas.

-Ya veremos, cariño -dijo él, con un tono despersonalizado, ausente de toda emoción o sentimiento. Arrastró las palabras una a una, como si fueran sus últimas palabras en el lecho de su muerte, de hecho estaba a punto de ser condenado por la Santa Inquisición de las buenas formas a morir en la hoguera, en el fuego maldito de las obsesiones.

Se hizo el silencio, miradas a un lado y otro, en cambio, él miraba a su plato vacío, como buscando algún cómplice que le ayudase a salir de aquel aprieto. La mirada de ella más inquisitiva, rozaba la curiosidad morbosa. Ella esperaba el momento preciso para tantear con esta afirmación las reacciones, así minimizaba las consecuencias, sabiendo de antemano el poco margen de movimiento que él podría tener. Lo pondría a prueba, le dispararía directamente al corazón para tantear la prospectiva de su cerebro, sus planes de futuro, sus intenciones y convicciones.

Ahora observaba como él se desangraba y caía en sus manos, la respuesta ambigua fue un recurso bastante vago, un error más que hizo desequilibrar la partida. Y su expresión, su mirada posada en el plato, ¡estaba incómodo! Ella veía como intentaba traspasar el plato con los ojos, un agujero imaginario por donde escapar. Ya podía averiguar sus intenciones.

La situación se tornó tensa, la otra pareja se percató del juego y de cuál era su papel. Serían cómplices mudos, camuflados en espectadores espontáneos, pero con poderes plenos a la hora del juicio, desgraciadamente final, sin apelaciones a ningún otro organismo, veredicto posiblemente definitivo. La ingenuidad de formas rota, la paciencia en horas bajas y el momento se torna cada vez más temido; ella no puede esperar, él no quiere empezar.

Sus repuestas, sus expresiones, su intranquilidad; examen final que decidirá el curso de los acontecimientos personales. Ella no matará su conciencia hasta no ser fecundada.

Ahora o nunca, la decisión es tuya, cuando traspase el umbral podrá aconsejar si resulta satisfactorio sacrificar una idea por una neurosis amada.

Años más tarde, las canas y la alopecia galopante son las causas directas de crisis nerviosas provocadas por la pelea, divorcio tal vez ansiado, pero con un par de niños por los cuales el amor filial se convierte en competición de méritos absurdos.

¿Quién quería qué? Queremos tener los dos, pero sólo para mí.

miércoles 9 de enero de 2008

Silencio, por favor

Era un miércoles aburrido, en una de estas horas aburridas y sometido a una tarea aburrida. En la biblioteca hacía frío, pensé que debería haberle hecho caso a mi madre cuando me dijo que me abrigara más, lo que pasa es que no me gusta cargar con el abrigo, no sé si por desidia o por una especie de sentido autodestructivo.

Me encontraba sentado a una de las mesas del fondo ojeando un libro que hablaba sobre no sé qué procesos cognitivos que deciden la manera de enfocar la realidad. Si soy sincero, debo explicar que estaba más dormido que pendiente del libro y, tal vez inconscientemente, me dejé llevar por otros pensamientos menos productivos que el estudio, pero más reconfortantes. Así pasó mucho tiempo o, por lo menos, eso creo, ya que no contaba con ninguna referencia temporal. Además, los procesos mentales no están sometidos a ninguna norma espacio-temporal, a no ser que sea el proceso físico en sí, la imaginación no tiene límites y si los tiene los hemos impuesto nosotros mismos a raíz de pautas socio-culturales absurdas. En definitiva, me encontraba vagando por un mundo creado por mí y sólo para mí.

De repente, algo me sacó de mi ensoñación y me devolvió a mi triste realidad. Noté como se abría la puerta y como entraba ella. Al verla mis sentidos despertaron súbitamente, acelerándose así el ritmo cardiaco y la velocidad de mis miradas hacia ese notable punto de referencia. Entró, avanzó hacia el mostrador, le preguntó algo al encargado, avanzó hacia una estantería, cogió un libro, lo ojeó y lo volvió a poner en su sitio. Todos estos movimientos naturales y normales, me parecieron muy atractivos y especiales. La observaba con una atención casi reverencial, como si estuviera sometido a un culto extraño cuya iconografía se basase en las marcadas curvas de esa chica. Cogió otro libro, éste le convenció porque se lo llevó consigo a una mesa a la cual se sentó y que, desde mi posición, me trasladaba la imagen de la chica de frente.

Tal vez por amor, tal vez por una atracción sexual irrefrenable, tal vez porque no tenía nada mejor que hacer, mis cinco sentidos (y algunos más, como diría aquél) se concentraron en la chica. No, no era la primera vez que la veía, estaba estudiando lo mismo que yo, por lo tanto, la atracción ya venía de lejos. Algo que no sabría como explicar me empujaba hacia ella, quizás fueran sus veinte añitos, quizás fuera su cabello rojo como la sangre que ardía en mi venas, o su piel blanca como la luna llena, o sus líneas tan marcadas y evidentes como mi poco talento como escritor, podría ser una enumeración de tópicos románticos (que quedan muy bien si ella se molesta en leerlos) o, por el contrario, una sucesión de pensamientos sexualmente lascivos (que quedan muy mal si ella se molesta en leerlos), todo y nada a la vez, hormonas.

Olvidé el libro, el frío y a mi propia imaginación; concentrándome en ella. Nunca he podido restarle atención a esas cosas que me obsesionan, es superior a mí. Debido a esto mi mente empezó a cavilar o a imaginarse el mundo perfecto sobre el cual se ve una imagen de unos enamorados corriendo uno hacia el otro yf undiéndose finalmente en un sentimental abrazo, ¡qué preciosidad!

Sumergido en este delirio, mi tensión aumentaba y con ella se iba perdiendo mi sentido de la cordura. Así empecé a plantearme el hecho de dirigirme hacia ella y hablarle, decir toda la verdad y dejar a un lado mi vergüenza.

La duda me asaltó, no sabía si levantarme e improvisar o, tal vez, ir ya con un plan preestablecido. Me inclinaba más por la improvisación aunque, en honor a la verdad, debo decir que especulé con varias alternativas de plan. “Podría acercarme sin más y preguntarle por los estudios o alguna otra tontería, es fácil” me decía a mí mismo, pero la inquietud y la inseguridad volvían a por mí. Llegué hasta tal punto, que pensé que podría buscar algún libro de la biblioteca que me ayudase, no sabía si reírme de mí mismo o echar a llorar pensando en cuanto talento se desperdiciaba con cada idea absurda.

Me di cuenta que, entre divagaciones, había perdido un tiempo de oro y que ya estaría a punto de irse a clase. Tras esta revelación intenté acelerar mis pesquisas y, por fin, decidí acercarme y actuar como fuese. No era tan fácil, me di cuenta que mis piernas fueron más rápidas que mi decisión, ya estaba de pie, ella se fijó en mí y volvió a dirigir su mirada al libro. Tenía que avanzar, aunque algo me lo impedía, di un par de pasos cortos como los borrachos, pasito a pasito buscando ese equilibrio que disuadiese el temblor. A mitad de camino se me cayó el bolígrafo que llevaba en la mano derecha, me agaché a recogerlo, temblaba a causa de los nervios y del frío. Los pocos segundos que separaban mi mesa de la suya se me hicieron eternos, ¡cuando uno lo pasa mal todo se hace tan largo! Al final llegué a su altura, me senté al lado de ella, noté que me miraba sorprendida, decidido me dispuse a decirle lo primero que se me ocurriera, como en un susurro y con mucho trabajo dije:

-Me gustas –sorprendí a mí mismo con estas palabras.

En ese preciso instante una voz autoritaria a mi espalda dijo:

-Silencio, por favor.

domingo 6 de enero de 2008

Feliz desconcierto

(foto de David Villalba)

El reflejo de la luz de la luna deposita brillos plateados en la esponjosidad aparente de la masa de vapor de agua condensada. Las luces anaranjadas llenan las calles de sombras, los edificios descansan inmóviles y el paso de los coches proyecta las luces de sus faros en nuestros cuerpos que caminan por las amplias calles de nuestra sucia ciudad, nuestro gran patio en el que jugamos con pantalones cortos y trenzas francesas.

Deberían denunciar a aquellos que rompen con el estruendo de cualquier maquinara el silencio de una gran avenida abandonada, placer que pocas veces podemos disfrutar y que algunos se empeñan en estropear. Estados de ánimo desafiando a la parte emocional; herido en el yo y fulminado por la involución tecnológica, el silencio virtual fue atacado por el ronroneo de incómodos felinos de gran cilindrada.

Sin embargo, tú te empañaste en desafiar a la tecnología y, como aquel respetado asiático, te sentaste en mitad de la carretera dispuesta a silenciar con tu cuerpo el estridente paso de aquellos infames tanques ronroneantes.

Con un gesto parsimonioso de tus manos me pediste que me acercara y yo, junto con él, me senté a tu lado sin saber muy bien cuales eran tus intenciones. De todas formas, la firme convicción de tu sonrisa me convenció de toda maniobra suicida, más bien supuse que sería una ebria ocurrencia. Y él me dijo al oído que nos faltaba la pancarta.

Tú estabas allí, tan cerca que podía sentir el calor de tu cuerpo en la frialdad del ambiente y eso me hizo pensar. Y pensé que tal vez era la tibieza que sentía cuando, de madrugada, me levantaba de la cama y miraba el reloj, feliz de comprobar que todavía me quedaban algunos minutos de sueños. Quizás él pudo leer mi pensamiento, porque en ese preciso instante me miró calibrando cuál era la cuantía de mis sueños. Me sonrió y dijo:

-Esto es verdadero arte.

De repente, tú le miraste y preguntaste:

-¿Quién se atreve a definir qué es arte?

Y volviste sólo unos pocos grados tu rostro para mirarme a los ojos, y tus ojos me parecieron hablar, y dentro de mi cabeza escuché a modo de susurro onírico:

-Es un vano intento por estropear el momento. Sígueme y no le hagas caso.

Él dio un respingo y se ruborizó, como si en realidad hubiese escuchado aquel susurro soñoliento que palpitó en mi cabeza. A modo de excusa te miró y dijo:

-Lo siento, ¿puedo acompañaros?

Tú no hiciste ningún movimiento y, con tus pupilas clavadas en las mías, moviste los labios lentamente, pero tu voz sonaba en rápido murmullo:

-Claro, tan sólo estaba comprobando si tú podías sentir lo mismo.

No sé en qué momento, pero me di cuenta que un automóvil se había detenido justo delante de nosotros y su conductor, tan joven como nosotros, se bajó de él, miró a nuestro alrededor y tomó sitio junto a nosotros.

-Ya hemos convencido a uno –dijiste sonriéndome, no habías abandonado tu postura y mantenías tu mirada fija en mis ojos-. Podemos proseguir.

En cada punto de tu pupila veía tu rostro, tu cuerpo, tu mente, tu todo ella. Al levantarte nos cogiste de la mano y te dirigiste a nuestro extraño camarada. Éste nos dirigió una mirada de extrañeza, como intentando adivinar nuestras intenciones. Tú, en una rápida aproximación a su rostro, le besaste y le diste las gracias. El chico contestó:

-Gracias a ti.

Con una sonrisa en la cara marchó.

Volví a pensar y pensé. Pensé en aquellos millones de cuerpos que se habían atravesado en el camino, y pensé en aquellos pocos que, en anónima intención, se habían cruzado levemente con mi persona, y debía agradecer un instante fugaz de feliz desconcierto. Así que, cogido de tu mano y él a su vez de tu otra mano, en una pequeña cadena humana, os arrastré hacia la acera y ante un grandioso edificio grité:

-¡Gracias!

Al momento, mis dos más queridos cómplices me apoyaron en mi humilde cántico y nunca más he dejado de agradecer aquel sublime instante.